Historia
4 de nov de 2026
La ley de sometimiento promete dureza, pero abre la disputa por las rebajas penales
La nueva ley enfrenta dos lecturas: para el Gobierno, reemplaza la negociación por un sometimiento con controles; para quienes reclaman mayores garantías, las rebajas solo son defendibles si no se convierten en una puerta a la impunidad ni relegan a las víctimas.
El Congreso aprobó, contra el reloj, la ley de sometimiento impulsada por el Gobierno de Abelardo de la Espriella. El texto pasa ahora a sanción presidencial como sustituto de la llamada paz total, pero llega con una tensión difícil de disimular: ofrece descuentos de pena para desarmar estructuras criminales y, al mismo tiempo, promete que no habrá concesiones automáticas.
La exigencia de dureza atraviesa incluso a quienes respaldaron el trámite. La representante Eimy Suárez, ponente de la iniciativa, resumió el límite político con una frase tajante: “No queremos negociar la impunidad con nadie”.1 Esa advertencia apunta al principal flanco del proyecto: que los beneficios penales no terminen desdibujando la responsabilidad de jefes y combatientes.
El texto aprobado intenta responder con condiciones concretas. Los miembros de base podrán obtener rebajas de hasta 50 % de la pena y los cabecillas de hasta 30 %, pero deberán entregar bienes, dinero e información sobre las finanzas de sus organizaciones. No se suspenden órdenes de captura ni extradiciones; además, quienes hayan sido condenados por reclutamiento de menores quedan excluidos del tratamiento diferenciado y los mandos deberán cumplir penas de al menos diez años.2
Para el Ejecutivo, esa arquitectura marca una ruptura con los diálogos políticos. El ministro de Justicia, Iván Cancino, sostiene que “no hay suspensión de órdenes de captura” ni de extradición y recalca que el modelo no es una negociación, sino un mecanismo de sometimiento.3 También asegura que el incumplimiento expulsa al beneficiario del proceso: “Si no cumplen, sencillamente no hay posibilidad de ninguna rebaja”.3
Ahí está el contraste central. El Gobierno vende una herramienta de orden público con dientes; los defensores de las víctimas y los sectores cautos aceptan el objetivo de desarticular grupos, pero miden su legitimidad por una vara más exigente: verdad, reparación y castigos reales antes que beneficios. La sanción presidencial cerrará el trámite legislativo, no esa discusión.